Jueves, 23 Junio 2016 16:56

Para ti.. Mi princesa..

Llevo contemplándote por horas sin poder responderme cómo es que hice a alguien tan perfecta. Tu cara, tus pies tan pequeños, tu cuello, los rollitos de tus manos, todo lo tuyo es maravilloso. Lo que significas me deja muda, en completo silencio. Solo logro sacar un suspiro tras otro mientras sigo mirándote con una sonrisa que no se me borra de la cara.

Me has llenado de vida, con tus pocos días a mi lado. Me has dado más razones para vivir y ser mejor persona, mejor mamá. Me siento con más fuerza para hacer todo lo que me propongo por ti y nuestra familia. Me das la oportunidad de que con tan solo mirarte me sienta tranquila, serena, en paz y con ganas de quedarme así para siempre.

Qué ganas de poder verbalizar correctamente todo lo que se siente con la llegada de un hijo. Porque por más que uno trate de explicárselo a otras personas, nunca salen las palabras exactas. Es muy difícil lograr que las palabras expresen lo que ni uno entiende. Decir que una los quiere, ama y que no puede más de amor no se compara a cómo vibra el cuerpo con cada una de las sensaciones y emociones que logra sentir una mamá. Es algo increíble y ya lo podrás descubrir tú alguna vez, cuando en la vida logres experimentar esto que siento gracias a ti.

Después del largo viaje que significó el embarazo, pensar en qué nombre llevarías, arreglar tu habitación, comprar cada cosa que ibas a necesitar, organizar los espacios, los tiempos y la casa, por fin llegaste y no podemos estar más contentos de que estés aquí. No puedo estar más feliz de despertar contigo cada mañana y de ser tu mamá.

Voy a guardar estas palabras en un lugar secreto para que cuando seas grande, y el tiempo haya hecho de las suyas con la adolescencia, puedas encontrarla, abrirla y leerla. Así sabrás que, por mucho que no entiendas las cosas que hago, sepas que siempre todo es por tu bien, porque te quise, quiero y querré infinitamente.

Tu mamá.

Publicado en Blog

Me había acostado muy tarde y me había levantado muy temprano, pero un rato después de que sonara el despertador. Mi marido estaba de viaje, La Mayor no se despertaba, La Menor se quejaba porque ella ya estaba levantada y la hermana no. Se habían acabado los cereales para el desayuno. Una que me recuerda que ese día tenía que llevar “algo para compartir en la merienda escolar” y la otra que reclama porque no tiene el uniforme planchado mientras se disculpa por no haberse fijado el día anterior. Pero no tiene y quiere. Trenzas desparejas, la chiquita derrama el yogur, levanto la voz... no soy la madre más comprensiva del mundo ahora mismo.

Salimos corriendo aunque ya sabemos que las dos van a tener media falta en la libreta. Se pelean por la elección del dial de la radio en el auto, pego otro grito, apago y quedamos las tres en un silencio tenso divino para empezar el día. La chiquita se olvidó la vincha que le sostiene el flequillo crecido pero no hay problema, levanta una del piso del auto, que descansa entre otras muchas cosas que, evidentemente, guardan ahí. Beso, abrazo, amenazas y recomendaciones, todo mezclado. Las dejo y tengo que volver a pasar por casa, porque, pura empatía, también voy a llegar tarde a la primera reunión laboral del día: olvidé mi celular y el esmalte con el que tengo que remendar mi manicura, esa que me había prometido renovar durante el fin de semana y no hice. Y yo que soñaba con esos cinco minutos entre el colegio y la oficina para un lujo añorado: tomar un café sola y en paz.

Esta descripción no me da orgullo, tengo material de sobra para el manual de “La maternidad mal entendida” y todavía no son ni las nueve de la mañana.

Es que, incluso en los días bellos, muchas cosas que antes de ser madre eran sencillas ahora son una odisea. Ir al supermercado y tardar solo una hora, terminar de leer un libro, darme un baño de inmersión, teñirme el pelo, acordar una salida con amigas, dormir hasta tarde los domingos, terminar una conversación con mi marido. Sé que cada vez que me doy vuelta será para pedirle a alguien que se ate los cordones, ordene el cuarto, se saque el dedo de la nariz o baje el volumen.

Pequeñas cosas cotidianas como no poder hacer pis sin que nadie te hable o tener que levantarte siempre al alba te revolucionan la vida en su totalidad.

La idea del desborde como sinónimo de maternidad me resulta molesta. Para el caso, conozco muchos desbordados sin hijos. Pero eso no significa que no haya días en los que me desmadre y sea todas las madres que no quiero ser: La apurada, la nerviosa, la incomprensiva, la gritona, la dictadora…

Pero el problema es pensar que todo esto debe ser sencillo. ¿Quién dijo que lo era?En realidad, tengo una profesión con muchas responsabilidades y desarrollo actividades complejas. Sin embargo, lo más difícil que hago todos los días de mi vida es educar y acompañar a mis hijas. Tomar decisiones. Aprender. Investigar. Contener. Consolar. Transmitir. Dar el ejemplo.

Acá no se trata de soltar (tan de moda), sino de aceptar. Aceptar lejos de la resignación y cerca de la liberación. Lejos de la queja, cerca del agradecimiento.

Aceptar que hay muchas cosas de mis días que son una lucha y que no debo ganar siempre. Aceptar que cuando La Menor deje de derramar a diario algo en la mesa, La Mayor empezará a salir de noche y nosotros, los padres, seguiremos sufriendo.

Y sobre todo aceptar que no tiene por qué ser fácil y que dejar de luchar contra la perfección imposible es un gran comienzo para ser más felices. Porque la maternidad tiene todo esto, pero justamente la compensación es superadora. No cambio a mis hijas por un auto limpio o por una casa ordenada ni en el peor día.

Enojarnos con nuestros nenes solo porque lo son es tan inútil como enojarnos con nosotras por intentar ser mejores madres y que no siempre nos resulte.

Aceptar, amigas, es el primer paso para disfrutar. Y vale la pena.

 

Por: Beta Suarez (http://www.disneybabble.com/)

Publicado en Blog
Martes, 19 Enero 2016 01:54

EMBARAZADA A LOS 19

Creo que no muchas me entenderán, aunque conozco muchas como yo. Hace 6 años y medio yo tenía 19 años, empezando la carrera, con muchos sueños e ideas por cumplir. Justo llega el retraso de una semana, nerviosa sin saber qué hacer, sin dinero para la prueba mágica. Una amiga me compró la prueba, luego de 2 vasos de agua me fui rumbo al baño de su casa con el miedo en la garganta, ¿Qué pasará?, pensando lo que cualquier adolescente “no lo vuelvo a hacer”. Haces pipí en una barrita blanca y te sientas a contar tus 5 minutos, cuando tu amiga en menos de 2 minutos te dice: “es positiva”, ¿y yo? Mi primera reacción fue decir “esperemos los 5 minutos creo que se borra la segunda línea”, no, era un positivo.

Justo mi cabeza comenzó a dar vueltas, mi relación de 6 años con mi único novio de toda la vida era una porquería y había terminado justo dos semanas antes, ¿Qué dirán mis papás?, ¿Los decepcione?, ¿Mis estudios?, Mi trabajo en una rentadora de películas no me alcanzará para mantenerlo, ¿Madre soltera yo?, ¿Cómo le voy a hacer sola?.. Esas y muchas más inundaron mis pensamientos y entre las últimas. ¿Las pruebas caseras no son 100% efectivas verdad?

Llamé de volada a mi hermana para que me llevara con un ginecólogo, tenía que verlo. Llegando rayando 9:30pm, doctor por favor no se vaya tengo que saber si es verdad. Y ahí recostada sobre esa cama fría, lo vi, ahí estaba, un pequeño puntito de 5mm que el doctor llamó “tu cría”. Mis lágrimas salieron sin poder evitarlo, lo ame en ese instante que lo vi, mi cuerpo estaba creando vida.

No negaré lo difícil que es ser madre soltera a los 19 años. Las parejas embarazadas y felices llenas de amor aparecen como por arte de magia y se cruzaban en mi camino recordándome que yo estaba sola, pero no, sola nunca más, mi pedacito de cielo comenzaba a hacerse presente y recordarme cada que podía con una patadita que nunca más estaría sola.

Los meses pasaban, mi cuerpo cambiaba, yo lloraba pero siempre fuerte por mi pequeño. Sentía tanto amor, tanta esperanza, hasta que después de 40 semanas llamó a la puerta, ya estaba listo para conocerme.

Cuando te embarazas por primera vez realmente no sabes que quiere decir, no sabes cuánto amor puedes llegar a sentir por esa criaturita que está creciendo dentro de ti.

Pasadas 12 horas de labor de parto llegó al mundo mi creación, mi corazón. Escuchar su llanto por primera vez es mágico e inexplicable. Tu vida cambia por completo y aunque en ese instante darías la vida por él, por el inmenso amor que sientes cada día que pasas a su lado ese amor crece, crece y tú también creces junto a tu bebé, dejando atrás todo lo que se pudo interponer entre su felicidad.

Publicado en Blog

Artículos para Bebés

Fiestas Infantiles

Fotografía y Vídeo

Medicos

Guarderías y Escuelas

Facebook

 
 

Facebook Lactemos

Youtube