Miércoles, 27 Julio 2016 20:51

La llegada de Isaac Destacado

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Enterarme que estaba embarazada fue un ‘shock’, y aunque ya hablábamos de tener un bebé no esperamos que su llegada fuera tan pronto. El embarazo congeló el tiempo, entre los malestares generales de los primeros trimestres, con la pérdida del sentido de dimensión y gravedad al cargar con tremenda panza, sumado a la dulce espera (que mucho desespera en el último mes) el  tiempo se nos hizo eterno.

Alguna vez había visto información acerca de los partos en agua y en libertad de movimiento (partos humanizados) pero pensaba que eso era una idealización, algo que no estaba dentro de mis posibilidades (no era para mujeres reales y no conocía a nadie que hubiese tenido una experiencia así de placentera como planteaban). Llegando a la semana 30 algo en mi interior me decía que  ahondara en el tema, fui a consultar con el único médico en mi ciudad que acompaña nacimientos por agua, el médico me comento que necesitaba una doula y un curso de preparación para poder parir por agua.  Pensando que valía la pena intentarlo contacte a mi doula y comenzamos con el curso psicoprofiláctico.

En nuestro primer encuentro con la doula, le dije que quería que el día del nacimiento de mi hijo fuera recordado como el mejor día de mi vida, no quería repetir historias terroríficas y llenas de violencia obstétrica, quería sentirme diferente, poder recibir en un ambiente tranquilo y lleno de amor a mi bebé. La idea del parto era nueva para mí, lo que sabía lo había visto en la tele y por las muchas experiencias traumáticas de las mujeres en mi familia, así que la idea me emocionaba y  me aterraba al mismo tiempo.

Lleve todo el seguimiento de mi embarazo con mi ginecólogo de cabecera, el cual está a favor de los partos vaginales (inclusive tiene bajos índices de cesáreas) pero sin miramientos ejecuta maniobras para ‘ayudar’ a que el parto avance. El encontraba ‘gracioso’ eso del parto humanizado, ya que no le veía el caso a sufrir tanto dolor, de ‘cajón’ hacia uso de oxitocina y epidural; la interpretación de la pelvimetría decía que yo tenía 50% de posibilidad de tener un parto vaginal,  dijo que era una moneda al aire me ‘otorgaría’ dos horas para pujar y si no salía él bebé me hacia la episiotomía o seria cesárea. Le lleve mi plan de parto y la carta de alojamiento conjunto y nunca hizo comentarios al respecto. En la última cita con este médico a la semana 38, le expresé que no quería sueros, ni oxitocina sintética o anestesia dijo que a la hora de la hora veríamos que sucedía. Este ginecólogo no se oponía a que mi esposo y mi doula estuviesen conmigo o a que llevara a un pediatra de mi elección, pero dejo en claro que él tenía que hacer su trabajo. Hable con una doula que había asistido a parto con este  médico y ella me narro como era en los partos e incluso me dijo que si mi intención era tener libertad al momento de parir entonces cambiara de médico. Agradezco tanto su honestidad pues eso me dio certeza para cambiarme.

Esa misma noche tomamos la decisión de ya no regresar con ese medico;  habíamos puesto tanto empeño en todos los preparativos del nacimiento que si teníamos un parto donde nuestras decisiones fueran ignoradas me iba a sentir muy decepcionada. No era eso lo que quería, no podía ser de esa manera, yo quería un parto libre y a mi propio ritmo.

A la semana 39 me cambie al médico humanizado le lleve mis expediente y mi plan de parto y alojamiento conjunto. Para mi sorpresa me dio el mismo diagnostico 50-50 de probabilidad, pero me dijo que estuviera tranquila pues mi bebé sabia como nacer.  A la semana 40 con 4 días fui a consulta, ya tenía dos centímetros de dilatación por lo que me mando a descansar pues el bebé seguro nacía amaneciendo. Me pase la mañana haciendo estiramientos con mi pelota, sentía leves las contracciones como pequeños espasmos; pase un día de lo más tranquilo y normal, hasta ese momento las contracciones eran seguidas pero controladas pensaba que era fácil, me repetía: puedo hacerlo, estoy preparada… así se nos fue el día en optimismo y tranquilidad.

Llegamos con cosas listas al hospital a las 5 de la tarde, seguía igual de dilatación pero  la bolsa ya estaba muy tensa. Me dijo que a las 7 pediría cuarto para que subiera a relajarme, ese era un magnifico plan. Había mcuha lluvia por lo que no pudimos alejarnos del hospital; de repente empecé a sentir contracciones seguidas y dolorosas. Regresamos al consultorio, el doctor midió las contracciones, la lectura mostraba intensidad y frecuencia pero todavía no me sentía tan mal, hacia respiraciones profundas. Me comenzaba a decir que no hiciera movimientos bruscos cuando sentí un dolor impresionante y líquido recorrer mi espalda, esa contracción había roto la bolsa; ya no me podía parar me temblaban las piernas, me agarre de la pared y como pude salimos para la recepción. Los minutos ahí fueron de locura, los asistentes médicos y enfermeros con sus inoportunas preguntas y protocolos pero ya comenzaba a perderme en mí, en un instante me encontraba sobre el suelo apoyada en cuatro puntos tratando de respirar profundo y concentrarme, la inoportuna recepcionista pidiéndome firmas (mi esposo había ido por las cosas al coche), yo quería asesinar al que se me pusiera enfrente.

No podía articular ni media palabra, llegamos al cuarto y me metí a bañar con agua caliente, me puse mi traje y la bata; solo quería estar acostada y que nadie me dirigiera la palabra. Conforme el dolor aumentaba en frecuencia pensaba que la situación me sobrepasaba, mi esposo atento dándome agua, tomando mi mano en silencio. Cuando llego mi doula y comenzó hacerme masajes y cantar conmigo se controló la situación. Avanzo a 8 cm de dilatación, me sentía morir, quería que alguien me ayudara con algo, pero agarre la mano de mi doula y le pregunte: ¿verdad que si puedo? ella me miro tierna y firme, me dijo claro que puedes, tú sabes cómo hacerlo.

Nos fuimos a la tina, bendita agua que alivio las dolorosas contracciones. Deje de sentirlas tan intensas y dolorosas, me concentre. Mi esposo conmigo remojado acariciándome, echándome agua, me paraba, me sentaba, me agachaba, lo abrazaba, nos besamos, nos paramos y  bailamos…  fue mágico. Ese era el momento que tanto había soñado, mi bebé siendo recibido en amor, tal como lo engendramos. Una contracción nos ‘agarró’ parados y el me contuvo, prácticamente estábamos los dos pujando, el ambiente era empático. Mi  doula atenta contando y respirando con nosotros. Pasaban los minutos (que yo sentía horas) y ya me estaba desgastando, las fuerzas se agotaban, empecé a dejar pasar las contracciones. El médico me animaba, me pido que sintiera su cabeza que ya había coronado entre mis piernas. Era real, mi bebé iba saliendo, no podía creerlo, ya estaba sucediendo, cada contracción me acercaba a conocerlo. Lo sentía saliendo, sentía que me iba a quebrar,  fue un alivio total cuando pude expulsarlo. Al tomarlo entre mis manos no sabía que hacer estaba asuntada, contenta y aliviada con un torrente de emociones que corrían por mi ser,  ahí estábamos pegados los tres. Esperaron unos minutos y cortaron por mi esposo el cordón, me sacaron de la tina y él bebe se fue con su papá, siempre en el calor de su pecho, en contacto piel a piel. Mientras me limpiaban y suturaban unos pequeños desgarros, cuando lo pusieron sobre mí como busco instintivamente el pecho fue increíble tenerlo ahí. Nos trasladaron al cuarto y ahí estábamos listos los tres, pasando nuestra primera noche juntos, tal como siempre soñé. 

Por: Hadit Cabrera

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