Viernes, 13 Mayo 2016 16:37

Dejé de luchar contra la madre perfecta que no soy Destacado

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Dejé de luchar contra la madre perfecta que no soy Foto por Marisol Chapur

Me había acostado muy tarde y me había levantado muy temprano, pero un rato después de que sonara el despertador. Mi marido estaba de viaje, La Mayor no se despertaba, La Menor se quejaba porque ella ya estaba levantada y la hermana no. Se habían acabado los cereales para el desayuno. Una que me recuerda que ese día tenía que llevar “algo para compartir en la merienda escolar” y la otra que reclama porque no tiene el uniforme planchado mientras se disculpa por no haberse fijado el día anterior. Pero no tiene y quiere. Trenzas desparejas, la chiquita derrama el yogur, levanto la voz... no soy la madre más comprensiva del mundo ahora mismo.

Salimos corriendo aunque ya sabemos que las dos van a tener media falta en la libreta. Se pelean por la elección del dial de la radio en el auto, pego otro grito, apago y quedamos las tres en un silencio tenso divino para empezar el día. La chiquita se olvidó la vincha que le sostiene el flequillo crecido pero no hay problema, levanta una del piso del auto, que descansa entre otras muchas cosas que, evidentemente, guardan ahí. Beso, abrazo, amenazas y recomendaciones, todo mezclado. Las dejo y tengo que volver a pasar por casa, porque, pura empatía, también voy a llegar tarde a la primera reunión laboral del día: olvidé mi celular y el esmalte con el que tengo que remendar mi manicura, esa que me había prometido renovar durante el fin de semana y no hice. Y yo que soñaba con esos cinco minutos entre el colegio y la oficina para un lujo añorado: tomar un café sola y en paz.

Esta descripción no me da orgullo, tengo material de sobra para el manual de “La maternidad mal entendida” y todavía no son ni las nueve de la mañana.

Es que, incluso en los días bellos, muchas cosas que antes de ser madre eran sencillas ahora son una odisea. Ir al supermercado y tardar solo una hora, terminar de leer un libro, darme un baño de inmersión, teñirme el pelo, acordar una salida con amigas, dormir hasta tarde los domingos, terminar una conversación con mi marido. Sé que cada vez que me doy vuelta será para pedirle a alguien que se ate los cordones, ordene el cuarto, se saque el dedo de la nariz o baje el volumen.

Pequeñas cosas cotidianas como no poder hacer pis sin que nadie te hable o tener que levantarte siempre al alba te revolucionan la vida en su totalidad.

La idea del desborde como sinónimo de maternidad me resulta molesta. Para el caso, conozco muchos desbordados sin hijos. Pero eso no significa que no haya días en los que me desmadre y sea todas las madres que no quiero ser: La apurada, la nerviosa, la incomprensiva, la gritona, la dictadora…

Pero el problema es pensar que todo esto debe ser sencillo. ¿Quién dijo que lo era?En realidad, tengo una profesión con muchas responsabilidades y desarrollo actividades complejas. Sin embargo, lo más difícil que hago todos los días de mi vida es educar y acompañar a mis hijas. Tomar decisiones. Aprender. Investigar. Contener. Consolar. Transmitir. Dar el ejemplo.

Acá no se trata de soltar (tan de moda), sino de aceptar. Aceptar lejos de la resignación y cerca de la liberación. Lejos de la queja, cerca del agradecimiento.

Aceptar que hay muchas cosas de mis días que son una lucha y que no debo ganar siempre. Aceptar que cuando La Menor deje de derramar a diario algo en la mesa, La Mayor empezará a salir de noche y nosotros, los padres, seguiremos sufriendo.

Y sobre todo aceptar que no tiene por qué ser fácil y que dejar de luchar contra la perfección imposible es un gran comienzo para ser más felices. Porque la maternidad tiene todo esto, pero justamente la compensación es superadora. No cambio a mis hijas por un auto limpio o por una casa ordenada ni en el peor día.

Enojarnos con nuestros nenes solo porque lo son es tan inútil como enojarnos con nosotras por intentar ser mejores madres y que no siempre nos resulte.

Aceptar, amigas, es el primer paso para disfrutar. Y vale la pena.

 

Por: Beta Suarez (http://www.disneybabble.com/)

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